Miércoles, Diciembre 11, 2019
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UNA MELANCOLÍA INVASORA DE NOSTALGIA Y LIBERTAD

haciendasUna tarde inusual, de tiempos raros tal vez. Me refiero a la climatología. No tengo la memoria de los sabiondos del campo, que a base de observaciones y escudriñar la naturaleza. Advierten los cambios climáticos y sus consecuencias en la tierra que merodean.

Ayer, martes sobre las 18:30 H. Me fui a caminar para ejercitar algo y disfrute del espectáculo de la tierra. Estaba lloviendo polvo de agua. Como si fuera calima de tierra, pero con agua. La tormenta boba de sudor de cielo, estaba actuando sobre una altitud de 400 metros hacia arriba, el espesor del colchón de nubes aprisionadas era brutal, la visibilidad se reducía a casi fechar la noche.  Un escenario más digno de las tierras altas de Escocia. Acabe inmiscuido al andar, en mis propias cavilaciones, la memoria sintoniza los recuerdos y trae destellos del pasado en forma de momentos felices. Curioso e inolvidable el olor a tierra mojada, entre pastos y pajumes, tuneras y salviales.

 

Yo corría detrás del abuelo Miguel y le paraba constantemente para que dijera el nombre de las plantas. Altavacas, inciensos, yerbarisco, rabogatos. Vamos que es tarde, decía impacientando el paso. Las almendras tiernas con su gabardina ajustada de terciopelo verde flotaban entre ramas y me entretuve partiendo alguna más, para desvelar el sabor lechoso amargo o dulce de su fruto, las ciruelas rojas asilvestradas se dejaban comer de dulzura. Que suerte enmarcar en el páramo troncos de higueras viejas y olivos en tierras abandonadas, correr detrás de los cigarrones, jugando a romperle las patas con maldad infantil. El verano imponía condición estival y la tierra respiraba como locomotora de vapor. Si Charles Darwin hubiera encontrado Canarias antes, hubiera acertado igualmente en sus teorías. La riqueza natural es tan brutal que sorprenden tantas especies vegetales y animales. Los ciclos de maduración de unas y otras frutas se alteran en tan solo un año. Increíbles los caprichos del tiempo.

Aquellas peras blanquillas insípidas, que teníamos acechadas en su fruto y que nunca dejamos crecer para saciar el jilorio constante de la juventud veraniega. Recuerdo a la tía Carmen, mandarnos a llamar, para que subiéramos a la copa del nispirero a merendar fruta como los mirlos. Todo cobraba un color sepia romántico, los terrones de tierra escarbada llenos de hormigas trabajadoras,  susurros del viento en las ramas de los árboles. Cernícalos que revolotean marcando un territorio, piedras que amontonan piedras, y acequias que un día llevaron vida, ahora destrozadas en el paisaje agreste de sueños rotos. Una melancolía invasora de nostalgia y libertad, que conjugo una tarde extraña e inusual, sin duda. Caminando por los Aromeros y Haciendas de Valsequillo.

Feli Santana

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