AMÉRICA ESTÁ EN LA CÓMODA

internet        Quien conozca a mi pariente Paco, y aquí bien podría decir mi primo Paco; pero como quiera que no es diputado, ni consejero y senador, mejor ni nombrarlo porque a día de hoy nadie sabe muy bien para qué sirve ese cargo. Y como tampoco es concejal ni representante de administración alguna, vamos que no es nadie a quien se le pueda preguntar aquello de ¿qué hay de lo mío?, me limitaré a llamarle sencillamente pariente y por supuesto, lejano.

          Claro que podría presumir que es licenciado, que no licencioso, por La Laguna, en matemáticas y me quedaría tan pancho. Pero convendrán conmigo de que no es lo mismo, porque a fin de cuentas un matemático no es más que un individuo que junta cifras, números y poco más. Y nunca tendrá tanto pedigrí o glamour, que se dice ahora, como alguien que maneja la cosa pública, que tenga poder, para entendernos. Por ello prefiero presumir que tengo ante todo un amigo cercano y campechano, ocurrente y recurrente, a veces, que todo hay que decirlo, en fin, un verdadero diamante pero sin la bandurria. Aunque esta circunstancia probablemente a ustedes no les importe demasiado y lo entiendo, pero si puede que les interese lo que viene a continuación.

DE PASTOREO POR EL SÁHARA

sahara1Llevaba varios días con aquellas gentes con una confianza y tranquilidad absoluta. Pero a la tercera o cuarta noche algo se torció, algo no encajaba, empecé a sentirme inquieto, inseguro. Me despertó un ruido, como si alguien hubiera tropezado con algo, un chacal revolviendo en los cacharros-pensé- pero a continuación escuché susurros, como ronroneos de gatos adormilados. Sobresaltado me quedé sentado en la cama intentando desperezarme y situarme para ver qué estaba pasando. Ya estos árabes están poniéndose de acuerdo para en el mejor de los casos robarnos, (me acompañaba Ana, mi mujer) y abandonarnos a la buena de Dios en medio de esta tierra de nadie. Y en el peor de los supuestos pasarnos por sus enormes gumías, como a corderos o baifos para el Ramadán o Navidades, con en las películas, vamos. Miré a mi alrededor y en las esteras y azaleas que hacían de jergón, no había nadie, ni siquiera Fadwa estaba, salvo Ana que dormía a mi lado y a pierna suelta como de costumbre. ¡Ni un triste guirre!

DESCONOZCO ESAS PLANTAS

GuiniguadaPara Agustín Calderín que sé que me lee y a quien, además, debo buenos momentos y…malos también.

      Nuestras casas estaban y están, una restaurada y la otra tal cual, bastante cerca, por lo que podríamos decir que vivíamos puerta con puerta. De tal manera que lo que sucedía en una de ellas tenía repercusión simultánea y de inmediato en la otra. Así pues, era inevitable que compartiéramos casi todo; penas, alegrías, enfermedades, escudillas de gofio, de harina, cacharro o caldero, asegún, de suero (tabefe), de beletén, de leche no porque había que hacer el queso y con este conduto ya sabemos todos, no se podía jugar.

     En definitiva, que lo poco que teníamos estaba totalmente democratizado y socializado. Hablo de la casa de Amadito y Eulogita que eran los padres de Pedro, nuestro protagonista. Pedro Ortega o el de Amadito o simplemente Pedro Tortilla, que así lo conocíamos, habida cuenta que fue él mismo quien se adjudicó este dichete, ya que esa era su especialidad y debilidad, osease, ponerle sobrenombres a todo quisque viviente y en especial a sus tocayos, los innumerables Pedros que proliferaban por estos rumbos. De tal suerte que por aquellos tiempos, un tanto lejanos en el calendario, no quedó un Pedro por esta parte alta del municipio que él no rebautizara, saltándose alegremente toda norma eclesiástica o canónica del momento. De esta manera teníamos un Pedro Silvestre, un Pedro Cascarrias, un Pedro Matarile del que hablaremos más adelante, ya que de alguna manera es nuestro co-starring, y el mismo, Pedro Tortilla. Con toda seguridad había algún Pedro más que ahora mismo no recuerdo, y, la verdad sea dicha, y considerando la posible mala leche conque estuvieran elegidos estos apodos, no dejaban de tener su gracia y su lógica, un tanto inocentona si se quiere, pero lógica al fin. Ya que por ejemplo, Pedro Cascarrias pecoso; Pedro Silvestre, eso, asilvestrado y tosco; y Pedro Matarile, que rompía el molde. Delgado, de caminar danzarín, escurridizo y de hablar un poco fino para los gustos de la época. Y ya por último, el mismo Pedro Cascarrias, redondo, esparramao, no pequeño, vamos, cual tortilla de pocos huevos y muchas papas, para no cansarlos.

CASI UN CUENTO: COGIENDO PAPAS EN VALSEQUILLO

papas2A Nono Trasto, que siempre está ahí

Quienes hayare participado de una cogida de papas estarán de acuerdo conmigo que es un momento de encuentro bastante agradable, casi lúdico, nos atreveríamos a decir. Siempre y cuando la cosecha sea buena, para que estimule un poco, y lógicamente que hayan ganchetas o fuchas, si es más del norte, y hombres suficientes y proporcionales al terreno que se quiera coger o arrancar. Y si además hay sancocho y el dueño es bien dado, el momento puede rozar el no da más.

CUENTO DE ÁNIMAS

almapenasHace algunos años, recordarán nuestros agricultores boyeros, llegado el mes de abril tenían por costumbre y necesidad trasladarse con los animales a las cumbres cercanas, donde entre leche y gofio, supersticiones y cuentos de brujas y almas en penas y hermosas caracoleadas, pasaban casi tres meses o, para ser más exactos, hasta las vísperas de San Juan, fecha en que regresaban trayendo cierto tufillo a bosta de vaca y llenos de piojos y carrancios.

En una de estas cumbres y en esa época, cuentan que aparecía un alma en penas, es decir, el alma de una persona que muriendo y dejando de vivo asuntos pendientes, mandaba entonces a su alma como delegada o embajadora aquí en la tierra para aclarar ciertas cosas: hermanos desheredados, mujeres despechadas, amigos ultrajados… y alguna que otra misa. Porque sabido es que arriba nos quieren bien limpios y castos y, porque además, había que mantener los temores religiosos entre el ganado terrenal para que no se desbandara. El caso es que aparecía un alma en penas.

Cubierta de una sábana blanca y con una extraña luz como aureola, irrumpía por cuevas y barrancos aterrando a su paso a cuanto bicho viviente encontrara, incluido el hombre del que se cuidaba de acercársele, al menos de momento.

NUESTRAS GENTES Y SUS COSAS

            cagadero                                A Juan Pi, que se lo curra y me corrige las faltas de ortografía.

Aquel día no tenía nada de especial. Era un día como otro cualquiera de una semana, de un mes,…. Cualquiera. José o Joseíto, por aquello del respeto a la gente mayor, que así se llamaba, como podría llamarse Pedro, Juan, Miguel, que todos son nombres de santos y a todos les llega su día, tarde o temprano. Aquel día, repito, se levantó como siempre, o sease, a las seis de la mañana.

Decir que fue derecho al baño como hacemos habitualmente al levantarnos, no sería más que retórica pura y dura, ya que por el tiempo que nos ocupa, años cincuenta o sesenta del pasado siglo, no existían estos artilugios llamados retretes o al menos no como los conocemos ahora. Las necesidades del cuerpo y a veces también las del alma (y ustedes me entienden), las hacíamos al soco de una higuera, en un castañero o tras un balde de tuneras. Claro que, los más afortunados o sofisticados, que haberlos hubiéronlos, tenían un cajón de madera con un orificio o agujero en la parte superior a modo de vasija, orientado las más de las veces hacia una acequia por donde discurría el agua de riego cada quince o dieciocho días, según dulas y comunidad.

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