CUENTO DE ÁNIMAS

almapenasHace algunos años, recordarán nuestros agricultores boyeros, llegado el mes de abril tenían por costumbre y necesidad trasladarse con los animales a las cumbres cercanas, donde entre leche y gofio, supersticiones y cuentos de brujas y almas en penas y hermosas caracoleadas, pasaban casi tres meses o, para ser más exactos, hasta las vísperas de San Juan, fecha en que regresaban trayendo cierto tufillo a bosta de vaca y llenos de piojos y carrancios.

En una de estas cumbres y en esa época, cuentan que aparecía un alma en penas, es decir, el alma de una persona que muriendo y dejando de vivo asuntos pendientes, mandaba entonces a su alma como delegada o embajadora aquí en la tierra para aclarar ciertas cosas: hermanos desheredados, mujeres despechadas, amigos ultrajados… y alguna que otra misa. Porque sabido es que arriba nos quieren bien limpios y castos y, porque además, había que mantener los temores religiosos entre el ganado terrenal para que no se desbandara. El caso es que aparecía un alma en penas.

Cubierta de una sábana blanca y con una extraña luz como aureola, irrumpía por cuevas y barrancos aterrando a su paso a cuanto bicho viviente encontrara, incluido el hombre del que se cuidaba de acercársele, al menos de momento.

NUESTRAS GENTES Y SUS COSAS

            cagadero                                A Juan Pi, que se lo curra y me corrige las faltas de ortografía.

Aquel día no tenía nada de especial. Era un día como otro cualquiera de una semana, de un mes,…. Cualquiera. José o Joseíto, por aquello del respeto a la gente mayor, que así se llamaba, como podría llamarse Pedro, Juan, Miguel, que todos son nombres de santos y a todos les llega su día, tarde o temprano. Aquel día, repito, se levantó como siempre, o sease, a las seis de la mañana.

Decir que fue derecho al baño como hacemos habitualmente al levantarnos, no sería más que retórica pura y dura, ya que por el tiempo que nos ocupa, años cincuenta o sesenta del pasado siglo, no existían estos artilugios llamados retretes o al menos no como los conocemos ahora. Las necesidades del cuerpo y a veces también las del alma (y ustedes me entienden), las hacíamos al soco de una higuera, en un castañero o tras un balde de tuneras. Claro que, los más afortunados o sofisticados, que haberlos hubiéronlos, tenían un cajón de madera con un orificio o agujero en la parte superior a modo de vasija, orientado las más de las veces hacia una acequia por donde discurría el agua de riego cada quince o dieciocho días, según dulas y comunidad.

BAILES EN LAS VEGAS, VALSEQUILLO

avda las vegasEsta anécdota que pretendo relatarles nos la contó Pepe Monzón o Pepe el cuajo, para los amigos, en el transcurso de una cogida de papas de las de sancocho incluido.

Por aquel tiempo no tan lejano en el calendario ni en nuestras frágiles y casquivanas memorias, existían por estos pagos las sociedades recreativas, y la de Las Vegas era una de ellas y también la última en cerrar sus puertas y de ahí su importancia. Era esta una institución mítica y entrañable donde la hubiera o hubiese, ya que bajo sus descascaronados techos (tenía más de uno, sin contar el de la terraza), se celebraban afamados bailes que hacían las delicias no solamente de mozos y mozas, sino casi de todos los lugareños sin problemas de edad, condición social, claro está, siempre que no merodearan los civiles (Guardia Civil) por aquellas inmediaciones. Vamos, que era una de las más permisivas y democráticas a muchos  kilómetros a la redonda, teniendo en cuenta el momento y contexto.

Mención especial merecen aquellos bailes de carnavales o como jocosamente y pomposamente se les llamaban, fiestas de invierno, que aunque cueste creerlo, el Régimen también tenía su punto irónico. Pero a lo que íbamos. Aquí se enamoraron, se comprometieron y casaron infinidades de parejas y tras sus mostradores, de mampostería unos y de madera otros, incluyendo los de las tienduchas adyacentes o aledañas, se hicieron grandes y bastantes tratos. Compras y ventas de casas, terrenos, acciones de agua, animales…., en definitiva, que era un importante punto de encuentro, tanto lúdico, cultural, social o comercial.

ÉRASE UNA VEZ UN HOMRE Y UN BURRO O VICEVERSA

arre burroAsí de pronto y dado lo propenso que somos a simplificar podría pensarse que Juanito Alfonso, al que el señor tenga en su buen lugar, descanso en decires de Pancho Guerra.

Era un cacho carne con ojos, o sease, una torna. Nada más lejos y equivocado. Juanito, aunque de tierra adentro, de campo hasta el tuétano, tenía sus prontos, a qué negarlo, pero lo que se dice bruto no era o no lo era especialmente, si tenemos en cuenta lugar de nacimiento y contexto. En realidad era más bien tranquilo y comedido, y a su modo y manera un tanto sabio. Y de ello, por si hubiera alguna duda o suspicacia, puede dar fe y testimonio Chanito Mayor, que lo trató bastante y que un buen día necesitó sacos para unas papillas y recurrió a él:

-Juanito, ¿usted no tendrá por casualidad un puñillo de sacos por ahí? Que me hacen falta para…

TIMO

foto9Cuando llegué a casa después del trabajo y apenas cumplía con el ritual del buchito de café en compañía de mi madre, ésta me anunció que un tal Adrián había estado por allí. Que me esperaba en la plaza de San Gregorio el sábado a las seis de la tarde, que fuera emperchado, que no faltara porque era muy importante. Aunque hacía algún tiempo que no nos veíamos y conociéndolo como lo conocía, el recado no me sorprendió ni mucho ni poco. Lo primero o lo que recuerdo que pensé fue que hubiera dejado preñada a su novia, a su adorada e idolatrada Carmen Delia y que tendría que casarse deprisa y corriendo porque de lo contrario, los pendencieros y matones de sus futuros cuñados le segarían el pescuezo como a un cabrito por el Ramadán o Pascua.

Con Adrián trabajé una partida de años en la carpintería del ya fallecido Antonio González en el Cruce de Melenara. Era el menor de tres hermanos varones de  una madre viuda y joven que trabajaba como una pobre mula militar para sacar a su prole adelante. En tiempo de zafra del empaquetado del tomate y en plataneras los meses de verano, por el Cruce, Salinetas y alrededores. La recuerdo silenciosa y sigilosa como una gato en la noche y aunque fui muchas veces a la casa y nos cruzábamos con regularidad camino a nuestros respectivos trabajos, ahora, y por más que lo intento, no logro ponerle cara, y darle un rostro, o siquiera ponerle timbre a la voz, supongo que es la consecuencia natural del paso del tiempo, que lo difumina todo, en fin.

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