TIMO

foto9Cuando llegué a casa después del trabajo y apenas cumplía con el ritual del buchito de café en compañía de mi madre, ésta me anunció que un tal Adrián había estado por allí. Que me esperaba en la plaza de San Gregorio el sábado a las seis de la tarde, que fuera emperchado, que no faltara porque era muy importante. Aunque hacía algún tiempo que no nos veíamos y conociéndolo como lo conocía, el recado no me sorprendió ni mucho ni poco. Lo primero o lo que recuerdo que pensé fue que hubiera dejado preñada a su novia, a su adorada e idolatrada Carmen Delia y que tendría que casarse deprisa y corriendo porque de lo contrario, los pendencieros y matones de sus futuros cuñados le segarían el pescuezo como a un cabrito por el Ramadán o Pascua.

Con Adrián trabajé una partida de años en la carpintería del ya fallecido Antonio González en el Cruce de Melenara. Era el menor de tres hermanos varones de  una madre viuda y joven que trabajaba como una pobre mula militar para sacar a su prole adelante. En tiempo de zafra del empaquetado del tomate y en plataneras los meses de verano, por el Cruce, Salinetas y alrededores. La recuerdo silenciosa y sigilosa como una gato en la noche y aunque fui muchas veces a la casa y nos cruzábamos con regularidad camino a nuestros respectivos trabajos, ahora, y por más que lo intento, no logro ponerle cara, y darle un rostro, o siquiera ponerle timbre a la voz, supongo que es la consecuencia natural del paso del tiempo, que lo difumina todo, en fin.

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