Miércoles, Mayo 27, 2020
A- A A+

Krizalys Breadcrumbs

¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO?

correilloJavier era de Tazacorte, isla de La Palma. Hablo en pasado porque lo que les quiero contar sucedió hace ya bastantes años y a día de hoy, del dos mil veinte, no sabemos nada de él ni de su vida. Si le ha resultado leve o dura, si generosa o mezquina. Vamos, que aquí se cumple aquello tan sobado de que “el tiempo y la distancia puede que no sea el olvido”, pero se nos parece bastante. En cualquier caso y desde Tenteniguada le deseo todos los parabienes habidos y por haber, que para mí quiero.

Javier hizo el servicio militar en la Comandancia de Marina en Gran Canaria y coincidimos en el barco que cubría por aquellos entonces la ruta marítima entre islas, en este caso, las occidentales. Él se dirigía a su casa y a sus asuntos recién licenciado y nosotros, Luis el Tacho, Antonio Zurita y el que esto escribe, íbamos a su isla a pasar unos días, para conocerla, veletear un poco y patearla todo lo que pudiéramos, estábamos en esas edades en que la curiosidad te podía, (aún la idea o concepto de vacaciones no estaba muy extendido entre la pobrería rampante) y nosotros tampoco teníamos ni necesidad ni edad para el descanso, eso vendría más tarde. ¡¡Y de qué manera!!

 

Javier andaba muy contento, y no era para menos, después de catorce meses fuera del terruño aguantando carros y carretas por obligación mucha y devoción poca y, además, sin cobrar un puto y mísero duro…. conclusiones al dorso para quién las quiera. Cuando encaramos con él en cubierta llevaba una guitarra en las manos y unos cuantos vinos pateros y pendencieros (no menos que algunos de nosotros) a cuestas. Téngase en cuenta que por aquellas lendas y calendas los barcos eran, valga la redundancia, la mar de lentos y sus singladuras tediosas y largas, al menos para gentes bastante jóvenes y desinquietos como era el caso y teníamos que tener algún mantenimiento de algo para resistir las inclemencias del mar y el zangoloteo de aquellos cascarones de nueces que eran los Correillos y Santamarías.

Llegados a este punto, obligado es decir que, si bien nuestro hombre llevaba una guitarra en las manos, en la garganta o en la cabeza, según se mire, portaba todo el repertorio musical del cantante italiano, pero sin Romina, a Dios gracias, Albano, al cual imitaba asombrosamente bien, o al menos eso nos parecía a nosotros que ya andaríamos en piedras de a ocho, o séase, bajo la influencia perniciosa e infame del dios Baco, al cual, hay que decirlo, recurríamos y rendíamos culto más de lo debido. Repertorio que comenzó en al antiguo muelle de Santa Catalina ¿o saliendo de la Punta de la Isleta?, por aquello de vamos a ver si lo superamos y terminó, previo descanso o trasbordo en Tenerife, en la otra Santa Cruz, pero de La Palma. ¿O no sería la borrachera lo que terminaría aquí? A saber. Después de casi cincuenta años, a ver quién es el guapo que se acuerda de las meteduras de patas en cuestiones de juergas y amores, máxime si uno está por olvidarlas.

Pero a lo que íbamos. Sospecho que entre col y col se terciaría alguna lechuga en forma de isas, folías y las siempre recurrentes rancheras, que como el amigo bueno y algo tonto siempre está ahí para las emergencias, para cuando se le necesita. Y estoy por pensar también que en algún momento de la travesía descansaríamos algo, que en todo trabajo se hacen argollas, carajo. Sea como fuere había vida y juventud para una cosa y otra o eso nos parecía a nosotros que la despilfarrábamos a manos llenas. Y con estos antecedentes y gustos musicales compartidos o recíprocos, conectar fue lo más fácil del mundo. La música, dicen que dijo alguien, amansa y acerca a las fieras, pero el alcohol bien llevado (que es casi nunca) ayuda un huevo. Y nos bastó simplemente acercarnos al corrillo, canturrear y tararear algo, según gustos y habilidades, pasarnos la botella…. Y a vivir que son tres día mal contados, y algunos hay que dejarlos para el Centro de Salud o el Hospital. Mintras tanto, dejémoslo así y hagamos mutis por el foro, que para la tristeza siempre habrá tiempo si la vida es larga. Amén.

Nosotros pensábamos que aquella amistad o camaradería duraría como de costumbre, lo que tardaría en quitársenos la sorimba y llegar la resaca con su patético sentimiento de culpabilidad y su detestable “más nunca” añadido. No, no fue así y contra todo pronóstico, cuando pusimos los pies en tierra, aunque más exacto sería decir en el hormigón del muelle, Javier nos esperaba guitarra y petate en ristre, para decirnos que no dejáramos de pasar por su casa. No recuerdo qué día y que estaba en tal y cual sitio de Tazacorte, que se lo aseguráramos para que su madre nos tuviera preparado un sancocho como Dios y las Santas Escrituras mandaban. Y que con la misma él nos llevaría la Cueva Bonita, que está a dos kilómetros de su pueblo, más o menos.

Javier, por esas circunstancias de la vida o ironías o crueldad del destino, no solo hizo el servicio militar en la Marina, como dijimos anteriormente, sino que además era pescador o marinero y tenía embarcación propia, única herencia de un padre díscolo que les abandonó siendo éste apenas un adolescente, pero de esto hablaremos más adelante, si la narración así lo requiere y yo no pierdo el hilo como uso y costumbre. Lo que sí diremos ahora es que con esta barquilla y en la pesca se ganaba parte de los garbanzos del sustento, el resto lo complementaba su madre y hermana adulta (había otra pequeña de escuela), en la zafra del plátano y como es lógico de forma esporádica. Lo que Javier nunca no dijo, y ahora sí hablaremos un poco más de su padre- aunque no estoy tan seguro que la narración así lo requiera-, y no nos lo dijo porque tampoco se lo preguntamos, ¡¡faltaría más!!, que hubiera sido o pasado con él. Aunque como ocurre siempre con estas cosas, por lo que no se dice o se dice a medias o se insinúa simplemente, dedujimos que el viejo cogió tizo. Les hubiera abandonado hacía algún tiempo. Y allí quedaron ellos cuatro batallando por el pan y la sal de cada día, para salir adelante como la inmensa mayoría de los mortales o vivientes. Y nosotros, intrusos y caras duras, esperando que fuera la hora, o mejor dicho, que se terminaran de hacer las papas y el cherne para dar buena cuenta del mentado sancocho, que de todos es sabido que en eso del comer y beber, los canarios no perdonamos una, sobre todo si es gratis y si tienen alguna duda pregúntenle a los administradores canarios.

Y como de bien nacido es ser agradecido, obligado es decir que si hay isleños serviciales, desprendidos y cariñosos hasta el desconcierto, sin lugar a dudas los palmeros se llevan la palma, y nunca mejor dicho. Mi experiencia con ellos así me lo corrobora y esta familia no era una excepción. Sin conocernos de nada no solamente nos abre sus puertas, sino que además sienta a su mesa a tres perfectos desconocidos para que compartan su humilde pero exquisita comida con asombrosa naturalidad. Claro que ustedes me dirán que eran otros tiempos y que en la época de nuestros abuelos aquí era igual y tal y yo les digo que sí que es verdad. Pero hace tanto tiempo de eso que ya nos hemos olvidado de cuándo empezamos a poner cercas, rejas, atrancando puertas y ventanas y mirando al otro con recelo y desconfianza, que ya estos gestos de generosidad, o de lo que sea, nos parecen rarezas de otro planeta, de épocas remotas.

Para ir ovillando la madeja y concluir esta perorata que trata de ser de agradecimiento, decir que no pudimos ir a la Cueva Bonita porque Javier no calculó bien ¿o pudo más su necesidad de dinero? Y se hubiera comprometido con un vecino para llevarle unos materiales de construcción a no sé qué lugar de la costa sur y tenía que ser sí o sí con la chalana, ya que era por mar la única posibilidad de acceder al destino. De cualquier manera lo entendimos y disculpamos, ¡¡qué remedio!! Después de aquella grata hospitalidad y excelente comida, no nos quedaba otra y porque también nosotros hubiéramos hecho el servicio militar y sabíamos cómo se salía del mismo, básicamente hechos unos herejes en todos los sentidos. Sin un duro, sin trabajo, si tu empresario, como fue mi caso, era y es un perfecto cafre, y no de Sudáfrica precisamente. Sin novia, si aparecía el primo Pepe y te la quitaba porque tú tampoco eras de fiar… Eso sí, casi siempre salías con algún que otro vicio que a lo mejor antes no tenías: alcohol, tabaco, juergas, mujeres, etc. Pero, ¿quién le pone el cascabel el gato, cristiano? Yo no.

Tenteniguada, marzo de 2020

Mes y año que será de mal recuerdo, para el olvido.

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar