Miércoles, Julio 08, 2020
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DE HIGOS A BREVAS O VICEVERSA

tomas fleitasA quien no conozca a Tomás Fleitas le diré, antes que nada, que se trata de un amigo, de un cristiano que además de parroquia hace pueblo, pero sobre todo es alguien que siempre está ahí cuando se le necesita, bueno, a veces no tanto, amén de tratarse de un ejemplar que se ha adaptado de maravilla al ecosistema o hábitat tenteniguadense. Dicho lo cual, diré también que su procedencia es jinamera, concretamente de Marzagán y que aterrizó por estas    exhaustas parameras, como ocurre casi siempre, un poco por casualidad y un mucho por aquello del decir popular de que “pueden más dos tetas que diez o quince carretas”, que la cantidad es lo de menos. Vamos, que se enamoró supuestamente y se casó de verdad y realmente con una vecina valsequillera ella de toda la vida que, con o sin tetas y carretas, tiró de él todo lo que pudo.

 

Por cierto, díjome un pajarito que cuando Fefi, así se llamaba la susodicha, vio por primera vez a nuestro hombre dijo, si no exclamó, aquello tan recurrido y tan recurrente de nuestras mujeres canarias: “este muchacho me conviene y a poder que yo pueda….”. Y tanto que pudo, porque entre pitos y flautas y algún que otro instrumento de viento, que ignoramos y que tampoco viene al caso, nuestro protagonista lleva acá entre nos, nada más y nada menos que la friolera de cuarenta y tantos años, viviendo, vibrando, pagando diezmos e impuestos, sufriendo y gozando, pero sobre todo retorciendo y enderezando hierros varios como buen carpintero metálico que es para sacar su prole adelante, como el común de los mortales, que no tuvimos la suerte ni la habilidad de nacer o volvernos ricos por el camino. Pero de lo que vamos a intentar hablar aquí es de otra cosa, de una anécdota que protagonizó nuestro ínclito, siendo todavía un guayetillo chico. Pido paciencia hasta llegar a ese momento que Cristo la tuvo y ya todos sabemos el final.

La tribu o tropilla marzaganera de Tomás era bastante numerosa, excesiva, sobre todo a las horas de comer que parecía multiplicarse hasta el infinito. Impresionaba aquella parva de gentes tirando de la cuchara y empujándose unos a otros para ver quien llegaba antes al lebrillo o lata del gofio. Nueve hermanos menores todos o casi, abuelos, padres, un tío, en total catorce personas humanas con sus respectivas fauces permanentemente abiertas y prestas a engullir o devorar todo lo que fuera comestible. La verdad que era un espectáculo deprimente, desolador, que clamaba al cielo y tierra por poco sensible e indiferente que se fuera. Si además, tenemos en cuenta que la única entrada o jornal que llegaba a aquellas cuatro paredes, era el del viejo (padre de Tomás), exceptuando las ayudillas esporádicas del tío Juan así llamado, que dependía, por lo general, de algún que otro trapicheo o cambulloneo que se terciaria, cuando no de un ojerillo o canterillo de millo, tomateros o judieras que le saliera bien y que el intermediario de turno le pagara como era debido…

Ya ustedes me dirán cuando me vean. Vamos, que si no murieron o nos morimos de hambre y enfermedades derivadas de estas, fue sencillamente porque Dios siempre ha sido grande y bueno y en su infinito amor y misericordia nunca, o al menos desde que tenemos memoria registrada, ha desamparado a quien previamente cría o ha criado, por algo también somos sus ovejas descarriadas, sus favoritas y algunas ventajas tendríamos que tener. ¿o no?

A lo mejor pensamos hoy con la frialdad y distancia que da el tiempo y los años que el Hacedor tendría un plan B para nosotros pecadores y penitentes perpetuos de esta comedia llamada vida. ¿Cómo saberlo?, se preguntarán ustedes. Pero dejémosnos de especulaciones y disquisiciones teológicas que más aceite da un ladrillo si lo exprimimos bien y continuemos y digamos en honor a la verdad que, si bien era cierto que la inmensa mayoría apenas ganábamos para el sustento más elemental para saciar nuestro endémico y ancestral jilorio, no era menos cierto que, incluso aquellos que sin ser ricos tenían algo de dinero, se las veían y deseaban para comer, para comprar algo que llevarse a la boca. Las tiendas, aunque paradójicamente numerosas, estaban completamente vacías, desabastecidas, salvo los cuatro granos llenos de trazas y gorgojos: trigo de Evita o argentino, millo el chavetú, suponemos que también argentino, azúcar cubana, judías, garbanzos, lentejas y para de contar.

Eso sí, gofito nunca faltaba gracias a Dios y a la proliferación de molinos de agua y viento, desperdigados por toda nuestra geografía isleña, pero sobre todo gracias a nuestros agricultores que plantaban el millo con una perseverancia y devoción cuasi religiosa. No era para menos. La suerte, si así podemos llamarla, fue al pizco de agricultura y ganadería que junto a la emigración a los distintos lugares de América, sirvió de válvula de escape de alivio y consuelo de los desdichados y desesperados de siempre y, por supuesto, gracias también a la necesidad y la predisposición colaborativa de nuestros familiares, amigos y vecinos, que cerrando filas aprendimos a socializar penas y miserias obsequiándonos y cambiándonos unos a otros los posibles y escasos excedentes alimentarios que hubiera en cada momento. Unas papillas por un poco de gofio, una col por rábanos o lechugas, unos calabacinos por tomates, harina por azúcar, queso por carne cuando se mataba el cochino o el baifo, huevos por no sé qué. En definitiva, trigueábamos o simplemente nos desprendíamos según el grado de generosidad de cada quién, que jediondos y agarraos nunca han faltado en ningún sitio y época y no íbamos a ser menos nosotros.

Hay que decir que los que vivíamos en los campos capeábamos un poquito mejor el temporal que nuestros compatriotas o conciudadanos, valga la redundancia, de la ciudad, pero ambas pobrerías las pasamos canutas, estrechas y que en palabras de mi padre, todos más o menos teníamos tripas por estrenar, por dónde no hubiera pasado ni una pizca de comida en tiempo.

Pero obligado es volver nuevamente al señor Fleitas y a su ocurrencia, que es, al fin y a la par, lo que nos convoca hoy aquí y ahora. Sucedió que la primera vez que su madre preparó algo parecido a una paella, gracias a la magia y al buen hacer del azafrán y en menor medida a una embozá de arvejones de cosecha propia que andaban por allí, casi mueren reventados de puro empanche y jartera que hicieron todos, pequeños y mayores, ya que comieron tanto que daba la impresión que no fueran a comer jamás de los jamases. Como si no hubiera más alimentos en el globo terráqueo. Pero a nuestro protagonista no le bastó con eso y temiendo que el arroz se acabara, sino para siempre sí de la cazuela grande de la abuela, optó a escondidas de sus padres y hermanos, llenarse los bolsillos todo lo que pudo, con la idea de ir manmajeando comiendo durante toda la tarde-noche. No fue así. Fuera por el calor, las correrías y partigazos o simple olvido, el arroz fue apeñuscándose, aplastándose y largando el churrimuje (el agua y aceite) que cuando cayó en la cuenta sospechamos que sentiría algún cosquilleo o fue alertado por algunos de los chiquillos allí presentes, estaba tan ensopado y amarillo como una alpispa o un pajarillo canario que hubiera caído al estanque, al agua. Intentó aprovechar aquel amasijo. Probó un poco, pero aquello era intragable, asqueroso. Era una pasta pegajosa e insípida como almidón o leche de tabaiba semidura.

En fin, para concluir, decir hemos que dicha comida marcaría un antes y un después en el devenir culinario y económico, no solamente en casa del clan de los Fleitas, sino también, nos atreveríamos a decir, en todos los hogares canarios y allende los mares. Claro que todo esto no fue por mera casualidad, tuvo mucho que ver con el final de la postguerra y la reconstrucción casi milagrosa de Europa, que se iba reponiendo lentamente de su mal sueño, o más bien, de su horrible y brutal pesadilla. Por otra parte, también al franquismo no le quedaba otro remedio, como siempre ha ocurrido, desde que el mundo es mundo, previa y sistemática presión social, de ir mejorando salarios y condiciones de vida de sus ciudadanos o súbditos como ese régimen gustaba llamarnos. Y porque, pensamos nosotros ahora, ya estarían cansados de tantos fusilamientos, torturas y represión.

En resumidas cuentas, que las cosas mejoraban. Las tiendas iban surtiéndose, aparecían productos diferentes y nosotros empezábamos a comer, si no mejor, sí más variado y abundante, con más fundamento podríamos decir. Por lo demás se bailó bastante mal, quizás porque era la única pieza que conocía y tocaba la orquesta. Pero por lo que a mí respecta, lo bailado, bailado está. Sea.

Noviembre 2019

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