Sábado, Febrero 23, 2019
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DESCONOZCO ESAS PLANTAS

GuiniguadaPara Agustín Calderín que sé que me lee y a quien, además, debo buenos momentos y…malos también.

      Nuestras casas estaban y están, una restaurada y la otra tal cual, bastante cerca, por lo que podríamos decir que vivíamos puerta con puerta. De tal manera que lo que sucedía en una de ellas tenía repercusión simultánea y de inmediato en la otra. Así pues, era inevitable que compartiéramos casi todo; penas, alegrías, enfermedades, escudillas de gofio, de harina, cacharro o caldero, asegún, de suero (tabefe), de beletén, de leche no porque había que hacer el queso y con este conduto ya sabemos todos, no se podía jugar.

     En definitiva, que lo poco que teníamos estaba totalmente democratizado y socializado. Hablo de la casa de Amadito y Eulogita que eran los padres de Pedro, nuestro protagonista. Pedro Ortega o el de Amadito o simplemente Pedro Tortilla, que así lo conocíamos, habida cuenta que fue él mismo quien se adjudicó este dichete, ya que esa era su especialidad y debilidad, osease, ponerle sobrenombres a todo quisque viviente y en especial a sus tocayos, los innumerables Pedros que proliferaban por estos rumbos. De tal suerte que por aquellos tiempos, un tanto lejanos en el calendario, no quedó un Pedro por esta parte alta del municipio que él no rebautizara, saltándose alegremente toda norma eclesiástica o canónica del momento. De esta manera teníamos un Pedro Silvestre, un Pedro Cascarrias, un Pedro Matarile del que hablaremos más adelante, ya que de alguna manera es nuestro co-starring, y el mismo, Pedro Tortilla. Con toda seguridad había algún Pedro más que ahora mismo no recuerdo, y, la verdad sea dicha, y considerando la posible mala leche conque estuvieran elegidos estos apodos, no dejaban de tener su gracia y su lógica, un tanto inocentona si se quiere, pero lógica al fin. Ya que por ejemplo, Pedro Cascarrias pecoso; Pedro Silvestre, eso, asilvestrado y tosco; y Pedro Matarile, que rompía el molde. Delgado, de caminar danzarín, escurridizo y de hablar un poco fino para los gustos de la época. Y ya por último, el mismo Pedro Cascarrias, redondo, esparramao, no pequeño, vamos, cual tortilla de pocos huevos y muchas papas, para no cansarlos.

    puente piedra nuevoEste Pedro nuestro fue uno de los primeros adolescentes o casi niño que se salieron de aquí para Las Palmas a trabajar en los bares, hoy hostelería. Y allá en la capital se hizo un hombre, tanto biológico como de mundo. Abierto, ocurrente e inquieto y con cierta, sino bastante, inteligencia natural. Conectaba a las mil maravillas con todo tipo de gentes (incluidas las mujeres), desde los más sencillos y maurillos, hasta los más finos y estirados, de los cuales se reía en sus propias jetas.

    Sucedió un buen día, por vacaciones o por San Juan. Apareció por aquí una pareja de italianos. De ella poco recuerdo, salvo que era rubia y atractiva o nos lo parecía a nosotros, que estábamos siempre esperecíos de mujeres, de cualquier manera tampoco viene al caso. Pero de él, sé que era tenor y profesor de canto y que daba clases a nuestro hombre en algún lugar de la ciudad. Y de ello puedo dar fe porque estuvo una temporada larga y en horas del mediodía, dando esperríos con aquello de “Tratando de hacer fortuna, como emigrante me fui a otras tierras”. Hasta que cierto día, por mimetismo, rabia o ¿envidia?, arranqué yo con “Camino de Juanajuato…” que para entonces, y son ustedes libres de creerme o no, tenía para mí, y sin ser el amo del falsete, un gran chorro de voz y un no menos complejo de charro mejicano. En fin, que en esas andábamos. Como es lógico no sé quién se cansaría antes, pero sospecho que fueron nuestros padres que estarían hasta la coronilla de nuestras cantijas y de que les fastidiáramos las siestas de fin de semana. Y así como empezaron terminaron nuestras sesiones de cantos, más bien berridos, en directo desde el Barranquillo de la Cruz, donde estaban nuestras casas.

    Abusando de tu infinita paciencia, querido y posible lector, daremos un giro de ciento ochenta grados, porque de alguna manera hay que pergeñar estas elucubraciones mías. No sé si lo he conseguido, pero he tratado de situarles en el tiempo y en el personaje para contarles esta otra anécdota como colofón. Y allá vamos.

    Hallábase nuestro hombre deambulando por las inmediaciones del Guiniguada, pongamos por el Puente de Piedra o alrededores del Mercado de Vegueta, que era el centro neurálogico de la ciudad y donde además estaban los bares y el bullicio de la zona, cuando de repente encaró con Pedro Matarile. La primera reacción de Matarile fue escabullirse, hacerse el sueco, pero el Tortilla disfrutaba escuchando al tocayo (ya dijimos antes que era de hablar fino y apeninsulao). Y no desaprovechó la ocasión:

-¡Hombre, Pedro!, ¿tú por aquí?

-Sí, vine a comprar unas cosas al Mercado – le contestó el Matarile, que además era medio mercanchifle.

    No sabemos si se invitaron a un refrigerio, pero conociendo a los dos Pedros: el Tortilla peligroso y generoso con propensión a echarse fuera del plato con las copas; y el otro modoso, de orden y agarrao como un pasamano, presuponemos que no se aceptarían la invitación. Y lo recurrente…

-¿Cómo anda Tenteniguada, ha llovido algo?

    Era otoño y con toda probabilidad Pedro Ortega llevaría tiempo sin aparecer por el barrio.

-No mucho, pero está todo verdito que da gusto – contestó el Matarile precipitadamente, como tratando de escurrir el bulto a las primeras de cambio.

-¡Ah…!, ¿entonces habrá jaramagos que comer este año, no?- terció el Tortilla.

-Perdona – concluyó el Matarile- pero yo desconozco esas plantas.

    El resto de la conversación, si la hubo, se ha diluido con el paso del tiempo, pero lo que sí sabemos con toda certeza es que a partir de aquel encuentro Pedro el Matarile pasó a llamarse también Pedro el “yo desconozco esas plantas”.

   Pedro Ortega terminó sus días en Fuerteventura donde murió con apenas cuarenta y seis años.

LELO, TENTENIGUADA 2016

 

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