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NUESTRAS GENTES Y SUS COSAS

            cagadero                                A Juan Pi, que se lo curra y me corrige las faltas de ortografía.

Aquel día no tenía nada de especial. Era un día como otro cualquiera de una semana, de un mes,…. Cualquiera. José o Joseíto, por aquello del respeto a la gente mayor, que así se llamaba, como podría llamarse Pedro, Juan, Miguel, que todos son nombres de santos y a todos les llega su día, tarde o temprano. Aquel día, repito, se levantó como siempre, o sease, a las seis de la mañana.

Decir que fue derecho al baño como hacemos habitualmente al levantarnos, no sería más que retórica pura y dura, ya que por el tiempo que nos ocupa, años cincuenta o sesenta del pasado siglo, no existían estos artilugios llamados retretes o al menos no como los conocemos ahora. Las necesidades del cuerpo y a veces también las del alma (y ustedes me entienden), las hacíamos al soco de una higuera, en un castañero o tras un balde de tuneras. Claro que, los más afortunados o sofisticados, que haberlos hubiéronlos, tenían un cajón de madera con un orificio o agujero en la parte superior a modo de vasija, orientado las más de las veces hacia una acequia por donde discurría el agua de riego cada quince o dieciocho días, según dulas y comunidad.

Si lo desean y como ejercicio intelectual, imagínense los olores en plena canícula veraniega. Por eso hoy, cuando vemos tantas finurías y machangás, no podemos dejar de recordar aquello tan recurrente que decían nuestros abuelos y padres, y era que, cuando veían y olían mierda les entraban ganas de cagar. Yo no quiero volver al pasado porque, sencillamente, es imposible, pero un poquito de humildad no nos vendría tan mal, y disculpen por ser tan escatológico, pero estas cosas me indigna. Aún así, voy a seguir extendiéndome y profundizando en esta ciencia y arte.

Pero dejemos esto por aquí, que doctores tiene la Santa Madre Iglesia y continuemos, que ya puestos, hablaremos también del aseo o del lavarse, porque la palabra o concepto ducha o ducharse eran totalmente desconocidos y sospechamos que eran cosas de reyes, curas y maestros de escuelas.

El pueblo llano, si veía el agua era como mucho de San Juan a Corpus o para los bailes de Las Vegas, que eran tan afamados y que por regla general eran por temporadas de tres meses o más. Eso sí, llegadas dichas fechas se restregaban de lo lindo, no solamente la cara, sobacos y piernas, sino que a veces hasta las partes pudendas alcanzaban algo de agua. Por cierto, había momentos que terciaban y empezaban por estas últimas y terminaban por la cara sin cambiar el agua del balde. Una simple cuestión de ahorro y orden, queremos pensar. Con lo dicho, paciente y sufrido lector, creo que queda totalmente claro y descartado, que Joseíto al levantarse fuera a un baño convencional y confortable para hacer sus necesidades vitales, sino a la desamorable intemperie, lloviera o tronara. Y a renglón seguido se dirigía a la cocina, otra triste metáfora, teniendo en cuenta que no era más que un chupenco desangelado, donde estaría su mujer trastiando y revolviendo cacharros. Desayunaron la típica y querida, a falta de otra, dieta norteafricana, es decir, una escudilla de suero, lecho o agua de nogal con gofio, y como conduto un trozo de queso duro o una embozá de aceitunas del país o higos pasados de cosecha propia, que ya se sabe, a falta de gofio bueno es el rollón, por no decir afrecho. ¿Se acuerdan de estas comidas? ¿No? Pues…yo sí. Y con la normalidad que da la rutina, traspuso. Él a sus animales y terrenillos y ella a recoger la casa, preparar el almuerzo y, de tarde en tarde cuando era tiempo de frutas, de papas o verduras, acompañaba a su marido en el trajín del campo.

Pero como no era tiempo de una cosa ni de otra, nuestro hombre andaba solo en sus quehaceres, pongamos por caso y por tener una estampa romántica y bucólica, para que todo no sean penurias, que cegaba yerba o regaba el millo, cuando un vecino, cerca del mediodía, se le aproximó y previo saludo le dijo:

-Joseíto, vaya pa su casa que Celestinita -por llamarla también de alguna manera- no se encuentra bien, se ha puesto mala cristiano.

-No puei sé- contestó este - ¡¡Cómo va a estar mala si ella comió que daba gusto esta mañana!!

Se pudiera pensar, si uno fuera malicioso, que a nuestro hombre le faltaba una enguaná, pero no, era simplemente que tenía cosas de conejo riscao. Y retornó a su casa. Afortunadamente y por lo que sabemos, no era nada grave. Eran las consecuencias propias e inevitables del embarazo de su primer y único hijo.

Tenteniguada, abril de 2015

Comentarios   

0 #1 Agustín Del Pino 29-05-2015 13:10
Las historias son más bonitas cuando están bien contadas como esta y todas las demás tuyas, además ese aroma de canariedad que desprenden las hacen más genuinas.

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