Domingo, Septiembre 15, 2019
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TIMO

foto9Cuando llegué a casa después del trabajo y apenas cumplía con el ritual del buchito de café en compañía de mi madre, ésta me anunció que un tal Adrián había estado por allí. Que me esperaba en la plaza de San Gregorio el sábado a las seis de la tarde, que fuera emperchado, que no faltara porque era muy importante. Aunque hacía algún tiempo que no nos veíamos y conociéndolo como lo conocía, el recado no me sorprendió ni mucho ni poco. Lo primero o lo que recuerdo que pensé fue que hubiera dejado preñada a su novia, a su adorada e idolatrada Carmen Delia y que tendría que casarse deprisa y corriendo porque de lo contrario, los pendencieros y matones de sus futuros cuñados le segarían el pescuezo como a un cabrito por el Ramadán o Pascua.

Con Adrián trabajé una partida de años en la carpintería del ya fallecido Antonio González en el Cruce de Melenara. Era el menor de tres hermanos varones de  una madre viuda y joven que trabajaba como una pobre mula militar para sacar a su prole adelante. En tiempo de zafra del empaquetado del tomate y en plataneras los meses de verano, por el Cruce, Salinetas y alrededores. La recuerdo silenciosa y sigilosa como una gato en la noche y aunque fui muchas veces a la casa y nos cruzábamos con regularidad camino a nuestros respectivos trabajos, ahora, y por más que lo intento, no logro ponerle cara, y darle un rostro, o siquiera ponerle timbre a la voz, supongo que es la consecuencia natural del paso del tiempo, que lo difumina todo, en fin.

 Pero volviendo a su hijo diré que, aparte de compartir tajo e inquietudes primerizas, compartíamos también juergas, salidas, paseos por San Gregorio, Ingenio, que estuvo muy de moda por aquellos tiempos, Agüimes y  en menor medida Vecindario. Espigado, resuelto y no muy mal parecido con una labia y letra menuda capaz de dejar corto a un godo o a un gitano… Enamoradísimo como un pájaro pinto, con buen ascendente entre el piberío femenino, era la envidia y admiración de la peñilla, ya se sabe que con dieciséis o dieciocho años somos bastante vulnerables a esos sentimientos de envidias, celos y competitividad. Aún así nos gustaba su compañía, porque nos desinhibíamos, se nos quitaban los miedos y complejos de entrarles a las chiquillas, y con lo que a mí respecta, tengo que agradecerle mi gran afición al cine y a la música vamos, que gracias a él soy cinéfilo y melomanamente mucho más variado y esponjoso. Me hizo ver o entender que además de las del Oeste, o romanas, había otro tipo de películas. Me viene ahora a la cabeza con qué deleite vimos un Hombre y una Mujer, Noches de Casablanca, La Mujer X o Momento a Momento, por citar las más impactantes por supuesto. Todas dramones de amores y traiciones, como no podía ser de otra manera a esas edades, tan sensibleras.

Pespuntaba este jeringao niño, le gustaba enredarse con las estudiantes y niñas pijas de Telde, mientras el resto, los cuatro o cinco que formábamos el grupo más compenetrado, nos inclinábamos por las empaquetadoras y dependientas de las tiendas de ropas y comestibles, o séase, que teníamos distintos territorios de caza. Pepe González se lo reprochaba con cierta frecuencia, pero a él le entraba por un oído y le salía por el otro. Así hasta que conoció y se enamoró de Carmen Delia que era del Calero Alto, estudiante, por supuesto, cuyo padre tenía camiones, fincas de plataneras, solares… justamente lo que andaba buscando nuestro hombre. Por eso repito, no me cogió tan de sorpresa, el recado de mi madre.

Y llegó el sábado y allí estaba yo, enchaquetado con mi chaqueta (la única) cruzada y azul marina cual un Clark Gable pueblerino y venido a menos, dispuesto a solidarizarme con el amigo en el difícil trance del casamiento, para entendernos, en su triste e intransferible camino hacia el martirio. Cuando llegué a la plaza de San Gregorio me extrañó que hubiera poco movimiento humano. Me asomé a la puerta de la iglesia y dentro no había más de cuatro o cinco personas, mujeres creo, por lo que deduje que de bodas nada, ni rastro. Aquí y si yo fuera un buen narrador diría aquello de: “saqué mi pitillera o paquete de tabaco, extraje un pitillo, le di dos golpecitos por los extremos, todo muy a “Lo que el viento se llevó”, lo encendí, exhalé una gran bocanada de humo en tanto tomaba una decisión”. Pero como no soy tal y entonces tampoco fumaba diré simplemente que di una vuelta por los alrededores hasta que localicé, justo al lado de la Fraternidad una guagua de Melenara y a un corrillo de jóvenes, todos como de una misma echadura, y entre ellos a Adrián, parloteando cotorrilmente como uso y costumbre. Me aproximé- Saludé a los conocidos que eran casi todos y le pregunté a nuestro personaje de qué iba todo aquello.

-Tú subes a la guagua que ya hablaremos por el camino - Me atajó a modo de saludo y un tanto eufórico.

Y subí y mientras buscaba asiento tropecé con el Cuco de Casas Nuevas.

- Cuco, me puedes dar alguna pista de lo que está pasando aquí, porque tengo un mosqueo (que esta palabra estaba muy de moda), del carajo.

- Nada hombre, ¿tú no conoces a Adrián? Al parecer hay una empresa que busca representantes en la isla y pensó en nosotros. Y por lo que él me ha contado no parece un mal asunto. De todas maneras cuando lleguemos a Las Palmas veremos en qué para todo esto.  Por lo pronto el transporte lo paga la empresa, así que échate la cuenta que nos vamos de gira- Me dijo como para tranquilizarme y callarme.

A Adrián aunque se desenvolvía bien con las herramientas y la madera no le gustaba el oficio y como no carecía de empuje y agallas, no desaprovechaba ocasión para buscar otras salidas o alternativas. Esta era una de ellas. En resumidas cuentas que llegamos a Las Palmas capital. En concreto a la calle de Triana sede de la susodicha empresa, llamada Holliday Mayer. Nos reunieron en una salita no demasiado grande, pero sí confortable. Y empezó la charla y el parloteo sobre la calidad y excelencias de unos productos de estética y belleza y de la gran necesidad que tenía la mujer canaria de estos potingues y que los demandarían como agua de mayo en este secarral isleño. Que se trataba del elixir de los elixires, solo era cuestión de salir a la calle para que te lo quitaran de las manos y hacerte rico en menos que cantara un gallo. Lo que me ocurre siempre que me hablan de dinero fácil, del mundo perfecto donde apenas hay que trabajar, de castillos en el aire… es que me bloqueo y empiezo a amodorrarme y hasta dormirme profunda y roncamente.

Por respeto no me dormí, simplemente me puse a divagar, que es mi deporte favorito y me imaginaba a las chicas con quien nos relacionábamos habitualmente, embadurnadas con aquella mierda que nosotros le vendíamos y francamente no me gustaba, me entristecía horriblemente. Mientras aquellos dos cretinos (una chica y un chico) que tenía delante erre que erre con aquellas maravillas de cremas y ungüentos y que solo con diecinueve mil pesetas de las de antes y como nos descuidemos un poco con Alemania y Francia, de las de siempre, podríamos ser infinitamente ricos (lo de rico lo repitieron como unas catorce veces). Y bla, bla, bla, hasta que acabó la reunión y el tedio.

-¿Qué te ha parecido?.- Me preguntó Adrián.

-Que diecinueve mil pesetas por cuatro chucherías es mucho hilo pál trompo. Conmigo no cuentes.-Le respondí.

            De regreso a Telde intentó convencerme por todos los medios habidos y por haber para que lo acompañara en aquella travesía, para mí incierta y confusa. No lo consiguió. Algún tiempo más tarde me encontré con Pepe González y le pregunté que cómo iba el asunto del maletín. Así lo llamábamos porque dicho producto venía muy bien empaquetado y presentado en un coqueto maletín negro, como el de los ejecutivos y hombres de negocio actuales. Por cierto, algunas veces he soñado que recorro las calles de Telde con un traje gris y el dichoso maletín negro en la mano y lo paso fatal.

-¿Ya son todos ricos?.-Reiteré.

-No me estés hablando, porque si sigo un par de meses más pierdo hasta los calzones.

-Y a Adrián, ¿qué tal le fue?

-Peor, porque aguantó más tiempo  que ninguno y, como ninguno, perdió más dinero. Terminó trampeándose con medio mundo.- Concluyó.

            Después de esta experiencia perdí el contacto con nuestro protagonista. A veces por amigos o conocidos comunes he podido saber algo de su vida. Que se casó con Carmen Delia, por supuesto, su novia del alma y pecunio. Que tiene dos hijos y que al parecer la vida no  le ha tratado demasiado mal. Y yo me alegro de todo corazón, aunque de aquella lejana y no del todo mala amistad no haya quedado gran cosa, salvo lo que cada uno de nosotros seamos capaces de recordar.

Lelo

Tenteniguada. Febrero de 2012.

Comentarios   

0 #1 Nono Castro 29-01-2014 09:53
Saludos amigo. Siempre en la brecha. Hay que ver cuantas historias alberga un lápiz de "carpinteiro" Cuando escribas con un "plumí" no se si sera las mismas aventuras.
Un Abrazo mi hermano.
Nono Castro

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