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BAILES EN LAS VEGAS, VALSEQUILLO

avda las vegasEsta anécdota que pretendo relatarles nos la contó Pepe Monzón o Pepe el cuajo, para los amigos, en el transcurso de una cogida de papas de las de sancocho incluido.

Por aquel tiempo no tan lejano en el calendario ni en nuestras frágiles y casquivanas memorias, existían por estos pagos las sociedades recreativas, y la de Las Vegas era una de ellas y también la última en cerrar sus puertas y de ahí su importancia. Era esta una institución mítica y entrañable donde la hubiera o hubiese, ya que bajo sus descascaronados techos (tenía más de uno, sin contar el de la terraza), se celebraban afamados bailes que hacían las delicias no solamente de mozos y mozas, sino casi de todos los lugareños sin problemas de edad, condición social, claro está, siempre que no merodearan los civiles (Guardia Civil) por aquellas inmediaciones. Vamos, que era una de las más permisivas y democráticas a muchos  kilómetros a la redonda, teniendo en cuenta el momento y contexto.

Mención especial merecen aquellos bailes de carnavales o como jocosamente y pomposamente se les llamaban, fiestas de invierno, que aunque cueste creerlo, el Régimen también tenía su punto irónico. Pero a lo que íbamos. Aquí se enamoraron, se comprometieron y casaron infinidades de parejas y tras sus mostradores, de mampostería unos y de madera otros, incluyendo los de las tienduchas adyacentes o aledañas, se hicieron grandes y bastantes tratos. Compras y ventas de casas, terrenos, acciones de agua, animales…., en definitiva, que era un importante punto de encuentro, tanto lúdico, cultural, social o comercial.

En uno de estos bailes y con toda probabilidad un sábado, nuestro protagonista, Pepe, en compañía de su inseparable amigo Luis Peña, ya fallecido, deciden, después de visitar y revolver algunos fogares y altares de esta parte alta y a la tercera o cuarta copa, que es cuando se toman decisiones serias y trascendentales, darse una vuelta por  Las Vegas, pero como ocurría algunas veces, más de las debidas y deseadas, o bien no habían mujeres para todos, o bien la que te gustaba a ti bailaba con otro, o simplemente no querían bailar contigo porque no, que conocida y proverbial es la ingratitud femenina. Y entre salidas a las ventas para calentar el pico y combatir el desamor y entradas a la sala de baile por si mejoraba la oferta, fue menguando la noche y agrandándose e intensificándose la chispa, sobre todo la de Luis, hasta que la orquesta anunció la última pieza, poniendo así punto final al baile y al relajo del personal.sociedad las vegas

Era pasada la medianoche, cuando Pepe salió a la calle y a la madrugada no vio a Luis por los alrededores, se dirigió a las tiendas que aún permanecían abiertas por si continuaba en eso de la arrancadilla. Y no, no estaba en ninguna de ellas, preguntó pero nadie dijo esta boca es mía.

-Ya Luis se cansó y se fue- dijo como para sí.

Y se puso en camino. Y caminó, pero por El Pedregal, a la entrada de la Finca de Capote se sorprendió al comprobar que había alguien tumbado en el suelo, en medio de una zanjilla que hacía de paso de agua, Luis durmiendo la mona a pata suelta como en el mejor de los mundos y en el más cómodo y placentero de los catres.

-¡Ya el conejo me riscó la perra! Y ahora cómo diablos hago yo para mover a esta criatura de aquí.- Pensó nuestro hombre.

“Llegado que me hayas aquí” (Neruda), obligado es decir que Luis pasaba de  uno ochenta y podía pesar entre noventa y cinco y cien kilos, oséase, un verdadero sollajo de hombre. Pero “con la llaga el remedio”, reza el refranero popular, que siempre tiene recetas para todo, mientras se iluminaba la noche, o mejor dicho, la carretera, un coche se aproximaba. Paquito Suárez camino de la Plaza del Mercado a llevar frutas y verduras, que ese era su trabajo. No hizo falta hacerle señas, mandarlo parar, por sistema siempre iba despacio y su coche, un Bedford antiguo de la época de María Castaña, tampoco daba para más, pero aún así redujo y preguntó:

-¿Qué les pasa a mis gentes?

-Nada Paquito, que el amigo Luis se echó algunas de más y yo solo no puedo moverlo.

-No te preocupes que ahora mismo arreglamos el asunto, doy vuelta y lo alcanzamos a Tenteniguada.

Y así fue. Mientras tanto Luis iba reaccionando, volviendo al mundo de los despabilados, en pocas palabras, cogiendo tino. Bien por el zarandeo del coche y los baches de la carretera, bien por el sueñecito reparador o lo avanzada de la hora, el caso fue que llegaron a su casa, donde su madre, alertada por el rebullicio que hicieron o porque tocaba levantarse, lo esperaba. No le preguntó de dónde venía, porque Teresita, que así se llamaba, sabía que siempre que había baile en Las Vegas, la pollería se desmadraba, se echaban las camisas por fuera y no había Dios que los metiera a viaje y menos mal, se consolaban la madres con pollos en edad de empollar, que no era más que de San Juan a Corpus, como si dijéramos un par de veces al año.

En eso estaba la buena y resignada mujer cuando cayó en la cuenta que su hijo no andaba solo, que a cierta distancia y atorrado tras un ojerillo de calas y geranios, con el gorro ladeado o gacho hasta los ojos había alguien más.

-¿Quién es ese hombre que está ahí medio escondido?.- preguntó a su hijo.

-¡Ah madre…, es un tinerfeño que me encontré por el camino y lo convidé  a tomar café en casa.

 Le contestó este con el gracejo y la impronta que siempre lo caracterizó, tratando de mantener hasta donde pudo y la sorimba le permitió, el anonimato de su compinche Pepe, que hoy por ti y mañana…., ya veremos, porque por experiencia sabemos que quién acompaña a un borracho a su casa termina pagando todo los platos rotos, ya que siempre son los hijos de los otros quienes echan a perder a los nuestros, aunque ambos sean iguales de jairos y belillos. Pero así es la vida de injusta, ¡¡qué se le va a hacer!!

Como era de esperar, Teresita no se tragó el cuento de su hijo y a Pepe no le quedó otra que salir del escondrijo, descubrirse y tomarse el café destinado al tinerfeño.

Julio de 2014

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